Viajes fantásticos

Aventuras y desventuras de la memoria, la razón o la mentira.

Sunday, June 25, 2006

Clase 70


Una luz lechosa nos iluminaba a los noventa y dos que estábamos dentro de ese estómago fantástico de una ballena voladora de metal. El terror generalizado se disimulaba disolviéndose en la supuesta aventura en la que estábamos involucrados. A mi lado, con los ojos grandes bien abiertos y presos de un pánico silencioso, más de uno disimulaba el llanto que se les escapaba y se perdía entre los ruidos propios de la bestia. La angustia de lo nuevo, lo desvalido que uno se siente a esa edad, lo violento del método. Estábamos formando una cadena humana, tomados por el codo, sacudiéndonos rítmicamente, presos de unas involuntarias convulsiones. Íbamos sin saber a dónde. No sabíamos cuanto más estaríamos ahí dentro. No sabíamos nada. Yo masticaba suavemente unos chicles de menta que me ayudaban a mantener los oídos destapados.

La luz entraba por dos pequeños ojos de buey.

El Hércules C-130 voló sin escalas lentamente cruzando más territorio que el imaginado. Al asomarme por la minúscula ventanita incrustada en la puerta lateral, creí adivinar que íbamos al norte. Pero luego de tantas horas de vuelo, seguramente ya estaríamos en Bolivia. Por lo que definitivamente estábamos yendo hacia el sur, hacia una conscripción en los confines de la Argentina.

Al oscurecer, casi abatido por el cansancio, la falta de referencias y la altura, me atacó el terror. Volví a mirar el interior el avión con un pánico que mis compañeros de desgracia no entendían. Ellos ya se habían calmado y bromeaban relajadamente sobre nuestro misterioso destino. Sin embargo mi corazón no paraba de acelerar. Mis manos sudaban y una rigidez se instaló en mi pecho. Me faltaba el aire y una angustia enraizada casi en el olvido se precipitó como un rayo.

Por un momento tuve la certeza de estar viajando en uno de los Hércules de los vuelos de la muerte.

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