Viajes fantásticos

Aventuras y desventuras de la memoria, la razón o la mentira.

Monday, April 17, 2006

“Abran la puerta jueputas, éste es un asalto”


Ese era mi parlamento. Lo tenía que gritar con guevos. Tenía que amedrentar. Estaba armado con un lápiz gigante, a las puertas del recinto principal del Palacio Nacional de Nicaragua, un inmenso edificio enclavado en pleno centro de la vieja Managua, secundado por los comandantes Cero, Uno y la comandante Dos, un par de periodistas, un grupo de niños con los rostros cubiertos con pañuelos rojoinegros.

-¿ Ves, ahí arribita? Sobre tu cabeza se ve que los han tapado hace poco… el revoque es nuevo – decía un hombre vestido de verde oliva, con unos borceguíes recién llegados de la URSS

- Eso fue cuando subimos al primer piso, por estas escaleras… yo venía con un grupo y me parapeté aquí… ¿ves? así…

El hombre contaba sus hazañas con mucho orgullo y una sonrisa cómplice mientras me ubicaba en la posición aproximada en la que él, dos años atrás, había estado esgrimiendo armas de verdad. Me contaba que al subir al primer piso, los guardaespaldas privados de algunos senadores nicaragüenses y algún que otro guardia nacional, habían abierto fuego contra ellos, tan poco convencidos, tan poco eficientes que un comando de veinte sandinistas disfrazados de Guardia Nacional, los abatiera a todos.

- ¿Ves? Ahí arriba… mi cabeza estaba por aquí, y un disparo que vino de allá… casi me corta la oreja…

Yo era un niño de diez años y mi cabeza estaba apenas por sobre el barandal de mármol que daba al patio interior del palacio. Pero mas arriba aun estaban los agujeros. Miraba todo y me imaginaba la trayectoria de la bala. Hacía poco que había aprendido que las balas no van en línea recta; describen una curva. Y me imaginaba el revoque explotando…

- Luego nos tiramos al piso y fulanito, desde allá le dio a dos guardias permitiéndome avanzar y bajar a los guardaespaldas.

Yo imitaba todos los movimientos, representando orgulloso a mi padrino, el hasta ese momento heroico Comandante Cero.

Más allá estaban otros niños de la Asociación de Niños Sandinistas, con sus respectivos lápices simulando fusiles, ubicándose en los lugares que el comando había ocupado.

-Oye, Hugo (Comandante Uno), ¿Te acuerdas de lo que sucede ahora?

Y le mostrándome mi próxima ubicación, iba recordando junto a Hugo Torres los detalles, los tiros, los gritos…

Al final entramos en el recinto. Hacía un calor terrible. Yo tenía un olor a chivo increíble que anunciaba mi entrada a la adolescencia. De tanto en tanto nos hacían posar para las fotos. Al final yo debía leer las condiciones: un texto engorroso y complicado, una lista enorme de gente que debía ser liberada. Entre ellos Tomás Borges. Yo no leía bien y estaba nervioso pero parecía que mi torpeza causaba simpatía. ¿O era mi acento tan poco nicaragüense y un tanto afrancesado?

Recuerdo que al final de esa extenuante jornada se llevaron los lápices. Yo tenía la peregrina idea de que me iba a quedar con alguno.

Apuesto a que soñé cosas feas esa noche.

A la mañana siguiente mis padres orgullosos, en el desayuno, me muestraban la tapa del diario Barricada. Ahí estaba yo, en primer plano, compenetrado en mi papel de Mini Comandante Cero, con un lápiz gigante, secundado por los sonrientes Comandantes Uno y Cero y al pié de la foto un texto decía “Abran la puerta jueputas, éste es un asalto”.

1 Comentarios:

  • en 10:41 PM, Anonymous DIOS said…

    Breve entrevista a Edén Pastora
    AMORES Y RELINCHOS
    –¿Usted es casado?
    –Yo soy casado cuatro veces, tengo 21 hijos de cuatro matrimonios, seis romances y cuatro
    relinchos.
    –De todas ha salido un hijo.
    –De los matrimonios y de los romances.
    –¿Todas nicas?
    –En ese caso soy internacionalista. Tengo ticas, hondureñas, mexicanas, de todo.
    –Pero se mueve por la zona no más.
    –La gente cree que soy mujeriego porque tengo 21 hijos con 10 mujeres. No. Yo soy preñador.
    Más tardo en quitarme la faja y la mujer ya está escupiendo un hijo.
    –¿Alguna vez tuvo una vida familiar normal?
    –Sí, ahorita vivo muy bien con Yolanda, me tiene cuatro hijos. La primera vez me casé a los veinte,
    y esa fue una gran cagada, casarme tan joven. Yo creo que los revolucionarios no nos debiéramos
    casar. Ni tener familia ni criar hijos, porque el revolucionario lo primero que pierde es la familia y lo
    último que pierde es la vida. Y entre la familia y la vida pierde la privacidad, la libertad. Los
    revolucionarios debiéramos ser como los curas, que no se casan pero que van teniendo hijos que
    les dicen tío (ríe).

     

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